Air Global Foundation nace de una historia personal y de una convicción profunda. Desde 2017, su fundador, Antonio Mesquida, trabaja y reside parte del año en Venezuela. Lo que empezó como una ayuda puntual a personas y pequeñas instituciones se fue transformando en una respuesta más organizada ante la magnitud de las circunstancias que atravesaba el país.
Los primeros gestos fueron de persona a persona: ayudar a un amigo, a un familiar de un amigo, a alguien que necesitaba medicinas o un respiro. Como suele ocurrir, la necesidad fue creciendo y esos gestos individuales se fueron extendiendo a más personas. Poco a poco, fuimos pasando de la ayuda personal a la ayuda a instituciones y hospitales. Y así, casi sin darnos cuenta, lo que era un apoyo cercano se fue convirtiendo en una respuesta organizada.
La pandemia del COVID-19 marcó un punto de inflexión. Ante la escasez de material sanitario y la urgencia de proteger a la población, Antonio fundó una fábrica de tapabocas en Venezuela, produciendo mascarillas KN95 y de tres pliegues para abastecer al país y cubrir las demandas más urgentes del sistema sanitario. Aquella experiencia demostró que la ayuda, cuando se organiza, salva vidas.
Al mismo tiempo, y de forma paralela, comenzamos a donar material sanitario a hospitales y centros de salud: ventiladores mecánicos, monitores de signos vitales, bombas de infusión y otros equipos esenciales que llegaron a decenas de personas en situación crítica. Fueron gestos concretos, en momentos en los que la falta de recursos era una cuestión de vida o muerte.
Poco después, la tragedia de Las Tejerías confirmó la necesidad de ir más allá. La urgencia y la devastación exigían algo más que gestos aislados. Fue entonces cuando decidimos dar el paso definitivo: crear una fundación que no solo respondiera a las emergencias, sino que acompañara a las comunidades en su recuperación.
Hoy trabajamos en Venezuela en colaboración con todos los actores que pueden hacer posible el cambio: particulares, organizaciones de la sociedad civil, empresas y también instituciones públicas. Porque sabemos que la ayuda humanitaria, para ser efectiva, no puede operar al margen de los sistemas que ya existen. Trabajamos con gobernaciones, alcaldías y el gobierno nacional, siempre desde la independencia y el compromiso con las personas.
Codo con codo con organizaciones locales, llevamos alimentos, agua potable, material sanitario y protección social a quienes más lo necesitan. No somos una organización de paso. Estamos donde la ayuda es necesaria, y permanecemos hasta que las comunidades vuelven a estar en pie.
Nuestra razón de ser es sencilla: ayudar a las personas que no tienen a quién recurrir. No lo hacemos desde un despacho, sino desde el terreno, desde la relación directa con quienes sufren la crisis.
Nos mueve la certeza de que la ayuda no puede esperar. No trabajamos con promesas ni con grandes discursos. Trabajamos con hechos: con alimentos, con agua, con medicinas, con material sanitario. Y lo hacemos desde la independencia, sin ataduras políticas, y con el único compromiso de llegar a quienes más lo necesitan.





